12/2/2004
Reset

Parece ser que el mini Kun coñazo lloraesquinas ha campado suficiente por esta página sin ningún control. Esperen unos instantes.


(Se apagan las luces. Ruido de forcejeo en la oscuridad. Un grito ahogado. Silencio. Una puerta se abre al fondo. Siluetas humanas la atraviesan. Dos ruidos como de petardo afogonado salpican la estancia. Las luces se encienden otra vez.)










And now for something completely different.

Kun quería contar esto el 12/2/2004 9:46:43 pm
¿Me estás hablando a mí?

Siempre me agarro

a las canciones de lágrima sabida, a los nombres que una vez me fueron, a la vida coral y desatada de los viernes sin sol, a la risas de un estallido neuronal cualquiera, a las cicatrices que han ido marcándome como carreteras de un destino improbable y transitado, a las fugaces escapadas de tiempo ha, a la contemplación del papel en blanco que está por hacer.
 

No vivo en el pasado.


Soy la voz de los muertos, soy los cadáveres incómodos que todos quieren desterrar a golpe de matapolillas, soy el recuerdo de lo dura que fue la supervivencia, soy una máquina de devorar presentes, atomizarlos, diseccionarlos y acumularlos: síndrome de Diógenes. Recojo la basura porque algún día fue bella.

Y por encima de todo, logro banal e insignificante, soy la persona que se mira a sí misma en la distancia, el espectador fantasma de mi propia existencia.


El observador. El narrador. El evocador, el puto niño que no calla, no callara mientras no le arranquen la lengua, el tipo que lleva sombrero para que no se le vuelen las ideas, el miserable, el ciego que cuenta romances y batallas que no fueron, no serán suyas, el entrometido, el periodista, el fabulador, el inconsciente.


Tantos atributos para tanta nada.


Aunque hay, claro, un yo, lo habrá mientras no sea fantasma, mientras vista esta repugnante carne empapada de fluidos, esta esponja de vísceras que me impide atravesar paredes para ver.

Aunque hay, claro, un fantasma, lo hubo cuando dejé de ser yo, cuando me desnudé de toda esa repugnante masa de pensamientos empapada de emociones, esa esponja mental que no veía más allá de las paredes de su nombre.

Una renuncia: a contar los años como lo hace el resto. Porque para mí hay dos vidas, y como tal debe haber dos cronologías: antes de ella, después de ella. La era del amor, la edad de los tigres, si lo prefieren con nombres idiotas como los de antaño. Y he tardado unos dos años en darme cuenta de que vivo cerca del año dos después de ella. Cuando Locusta hizo aquel post terrible sobre la última vez que se hace algo -que no voy a buscar ahora, y ustedes tampoco- yo ya vivía en el año y algo después de ella, de la última vez que pude querer así. Lo supe al besarla, hace relativamente poco tiempo. Al besarla por última vez, me refiero, con total consciencia de ese hecho, y sólo para saber que lo estaba viviendo como tal. ¿Y saben qué me dijo ella? Pues lo habitual, lo obvio. Yo no lo pensé así. Para ser exactos pensé algo parecido a "calla, esta es mi gloria y mi derrota, este saber que todo acabó para siempre, calla y no nos mientas más".

Por otra parte, me dio igual.

Qué terribles pueden llegar a ser la indiferencia y la incomprensión cuando se besa para conquistar la posesión certera de la última vez.


Cuando se muerde como un tigre sin hambre, muerto de ídem.

Kun quería contar esto el 12/2/2004 7:27:35 pm
(1) opiniones gratuitas

M. Ward

He estado con M. Ward, nombre artístico de Matt Ward -otro que se complica la vida-, y antes todavía estuve escuchando su Transistor Radio, un disco que recomiendo que la gente adquiera cuando sea posible, y que dificulta ser tan zafio como pretendo. Matt Ward era un gran recuerdo, fue mi primera entrevista en Madrid a un músico forastero (si descontamos mis labores de intérprete poli bueno-poli malo que hice con DJ Lu al penco de Smog en un banco cualquiera, en una plaza cualquiera).

Lo de Matt también fue al alimón con el citado DJ -alias Sr. X en otro blog: propietaria, te debo un mail, sorry-, pero para medios diversos. Disfruté mucho, y la segunda parte la disfruté más todavía, cuando nos dejamos de zarandajas de entrevistas y hablamos de poesía, de creación, de sensibilidades, y de esas mariconadas que hacen que el infame X piense que puede ganar, si sigo en este plan.

Pero esta vez ha sido diferente. Sí, se acordaba de mí, y yo de él, y me volvió a pasar su mail para ver si fructificaban algunas de nuestras ajadas propuestas de un año y algo antes, pero eso fueron cortesías. Hicimos la entrevista, le recomendé ciudades y parajes para sus vacaciones, hablamos un poco de la radio en nuestras infancias respectivas -explícale a un tipo de Portland qué es eso de Antena 3 y Gomaespuma, de sábados de 2 a 4 de la mañana escondiendo mi aparato debajo de las sábanas y tapándome las risas con la almohada-. Pero la conexión no estaba, ese M. Ward vital y ese Javi lleno de sorpresa y temor desaparecieron en los trámites de las promociones. Al final, me invitó a vernos cuando viniera por España, y sí hubo un poco de la magia primigenia en nuestra azorada despedida. Al habitual de Everlasting le hacía muchísima gracia mi sombrero.

A mí también, por eso lo tengo.

Al volver a casa, pensaba y pensaba en otras cosas, y miraba a otras personas y tuve un viaje de metro ciertamente provechoso. Porque hace unos días, se me hizo plantearme mi estado actual. Y mi estado actual es que sí, soy pobre de solemnidad, no tengo ningún lugar donde poner regularmente mi polla que no sea mi mano, menos espacio aún para situar mis emociones y que cada día le caigo peor a más gente por cosas que, seguramente, podría evitar o corregir si tuviera la mínima consciencia de que las hago o de que joden tanto. Pero estoy demasiado ocupado con la autofelación mental.

Y me siento genial. Esta mañana ha sido fabulosa, con mis dos horas de sueño, mis paseitos, mi cafetito y mi necesidad desesperada de que inventen la grabadora neuronal y no tema perder las tres o cuatro ocurrencias que creo merecen la pena de cada hora mental.

Y mis vivencias. Nací solo, estuve solo cantidades industriales de tiempo durante mi infancia, y en mi adolescencia, y en esta etapa indeterminada en la que no se sabe nada más que que se está más cerca de los 30 que de los 20 -como si eso tuviera algún significado especial en este mundo de mierda, en esta parodia ridícula donde Moratinos merece un editorial, y la noticia de que casi la mitad de mi generación ha de vivir con sus padres no-. Aspiro a ser un fantasma algún día, otro fantasma, incorpóreo, depósito de melancolías y huraños de otros, espectador tangencial del pulso de esta Madrid repleta de adrenalinas y ascos.

Y mientras pueda mirar, pasear y pensar, estaré bien. Eso es certeza.

Claro que al final estaré solo, cuando no pueda mirar, pasear o pensar. Y entonces, ¿qué? Siempre me pregunté para qué leches viven esas personas, esos ancianos de solemnidad, más escombro que monumento de antaño. Para qué. Para qué quiero a nadie en esos momentos, alguien que estaría más ocupado limpiando mis mierdas y evitando que me matara de forma pública -geyser de carne, preferentemente- que estando conmigo. Que las vidas se acaban y quedan en nada, hostia, que todo es una comedia y que cada cual elige los mejores chistes o los papeles más dramáticos, o lee lo que le ponen, o se dedica al porno alemán o a la nouvelle francesa, o tal vez una mezcla de ambas. La vejez supongo que es la etapa en la que no puedes huir de esa certeza si no tienes una fe a prueba de iglesias. Esa certeza: la vida carece de sentido.

Al subir a casa, Corredera Baja arriba, me crucé con uno de esos excrementos que no pueden moverse ni darse muerte por la propia mano, un rescoldo de mujer tapada y empujada en su silla móvil, con su lo-que-fuera-consanguíneo dándole la puta brasa como se le da a esas asquerosas bolas de carne parásitas denominadas bebés: "¡la iglesia de San Antonio, la iglesia de San Antonio es esta!" Ni que decir tiene que la zombi no miraba la iglesia -joder, probablemente se ganó la vida haciéndole pajas con cascabeles en las muñecas a alguno de los obreros de la iglesialoscojones- y desviaba la mirada con mala hostia infinita. Al mirarla a los ojos -el resto del rostro tapado por una bufanda modelo "lo que queda después de que el brasero te queme las faldillas"-, en un momento mental particularmente violento y hosco, hubo chispas. Y algo de Charles Xavier: "no lo permitas, chico del sombrero, que no te lo hagan jamás, ni las iglesias ni tu propia sangre". Y asentí, y ella siguió de mala hostia y se perdieron tras la esquina.


El que no escupe es porque no puede.

O porque lleva bufanda.

Elige siempre la opción C.






En dos horas, con esta jaqueca, tengo que entrevistar a Mercury Rev. Google will save me.


He decidido dejar de comprar El País.


Merriam-Webster tiene como nueva acepción más votada el término blog.



PD: DJ Lu, hay partes que sí. Día 2 de 30. Y a lo mejor cae otro post luego.

Kun quería contar esto el 12/2/2004 3:06:09 pm
¿Me estás hablando a mí?

11/30/2004
Otro test...



Enhorabuena, eres Schubert. Lo dejas todo a medias. Eres un puto gordo, míope y vas a morir de un cóctel explosivo de sífilis y tifus porque, como buen romántico, perdías el culo por los distintos amores de tu vida pero cada vez que podías, mojabas con quien fuera. Enhorabuena, campeón. Y ahora, pírate por ahí a componer unos cuartetos de cuerda, anda...

Y tú, ¿qué puta mierda de compositor clásico eres?






PD: DjLu, día 1 de 30, empieza a contar.

Kun quería contar esto el 11/30/2004 4:38:55 pm
(2) opiniones gratuitas

11/27/2004
¿Cómo te ganas la vida?

Mato desconocidos en nombre de unas fronteras imaginarias, al servicio de gente a quien nunca he visto, a los que no entiendo bien cuando hablan, y menos aún comprendo sus razones. Mato desconocidos, sin más pasión que la de la supervivencia y algunas ideas de triunfo que han tratado de imponerme a insultos.

Me pongo un pedazo de metal al hombro. Camino cuando me dicen que lo haga, como cuando se me permite, si hay que callar, guardo silencio. Obedezco porque así me han enseñado que debo ser. Si alguien con bordados en los hombros más hermosos que los míos se cruza en mi camino, he de saludarle. Y no dudar de su palabra, aunque sea mi muerte y la de la gente con la que comparto los pasos y bocados debidos.

Me gano la vida creando accidentales bajas civiles que podrían ser, también, enemigos. Pues el enemigo es carne y sangre y eso se aprende en el campo de batalla. El enemigo no tiene nombre ni edad ni credo ni nada y ni siquiera es enemigo, es carne y sangre, y toda su vida queda atrás, del mismo modo en que lo hace la mía cuando elijo trabajar. Porque todos somos carne y sangre, y basta un azar o un pequeño pedazo de cualquiera de los metales y piedras de la tierra, para que nuestros aires y nuestras biografías se diluyan hasta sólo ser rojo. Y roja es la grandeza humana. No hay más.

(Todo el arte aprendido en mi trabajo es saber el nombre del color con el que la sangre y el barro caen juntos cuando no queda nadie vivo para mirar. Y nadie dice ese nombre excepto nosotros, cuando no hay civiles cerca)

Mi trabajo es matar, pero como el trabajo de mis jefes es vencer, me han enseñado a hacer más cosas y a ponerles otros nombres. Pero todas las herramientas y enseñanzas tienen el mismo fin: hacer más sencillo la perdida de otras vidas.

Y así me gano yo la mía cuando me llaman.

Cuando no lo hacen, me preparo para ello.



Tengo un par de conocidos militares -he conocido más, pero para este post les usaré a ellos-, bastante antitéticos, la verdad, y no sólo porque uno tenga pito, y la otra rajita, sean bajo y alta respectivamente, o guarden dispares en cualquier clasificación que uno piense para compararles. No se conocen entre ellos, y creo que no me leen. Lo curioso es que, de los dos, sólo uno es consciente de en qué consiste su trabajo: en estar preparado para matar, matar, sí, matar, asesinar, quitar la vida, finiquitar, acabar con la existencia de todo aquel a quien le señalen como objetivo. El otro -no usaré géneros para no diferenciar quién piensa qué, y no estan fácil, y pienso entremezclar sus opiniones, así es- ha huido de la depresión de las economías absurdas y lentas.

Pero para eso no hace falta hacerse militar. Cualquiera de los dos tiene la planta y el gusto por la moda como para ser dependientes de Inditex o lo que se les antoje. Los dos son inteligentes, uno muy ingenuo y el otro con serias taras emocionales. Apenas conozco sus orígenes y sus vidas, y no juzgo su decisión. Pero son militares. Lo que significa que, al igual que los deportistas, parte de su sueldo consiste en entrenarse para un fin. Y el fin es matar. Vencer es el trabajo de los oficiales.

Sólo una vez pregunté a cada uno si eran conscientes de las implicaciones de su trabajo, y sólo una vez me han respondido. No son dechados de lealtad, ni de patriotismo, ni de todos esos valores que usan los expertos en marketing militroncho para hacer más fácil que mates y te dejes morir por otro -la segunda parte de tu trabajo, si eres militar-. Pero saben que matarán y morirán si les toca hacerlo.

No he llegado a preguntarles cómo se alcanza el estado mental que te permita vivir 24 horas diarias con esa verdad de fondo, por muy encubierta que esté de "operaciones humanitarias", "vivir una aventura", etc. No quiero saberlo, por un lado, y es muy difícil que yo no quiera saber algo u oír algo. Pero, por otro, no podría entenderlo, nunca. La fractura que me causaría entender cómo se comen lentejas a cargo de muertes hipotéticas me resulta demasiado violenta. No quiero poder entenderlo. Esa losa que la carguen ellos, a mí me basta con las propias y ridículas del periodismo y la escritura, con las éticas de la célula, con las cavilaciones del que enseña, con las biliosidades políticas, las reflexiones de la pala, las crisis del drama, los estragos del sanar, el barroquismo del número... Puedo entender todo eso, y no compartirlo, pero jamás lo homicida del caqui.



Pero peor aún sería trabajar en una fábrica de minas antipersona. Nunca he conocido a nadie que lo haga, ¿y ustedes? ¿Alguien conoce a alguien que diga abiertamente que fabrica máquinas de mutilar gente? No. "Componentes. Fabricamos componentes". ¿La cita? De un número del Capitán América de Ney Rieber.

Kun quería contar esto el 11/27/2004 2:49:09 pm
(1) opiniones gratuitas

11/23/2004
Ningún asunto en particular (capítulo 835b)

-Tal vez a Ray Manzarek, ese violador de tumbas y memorias, le haya jodido durante toda su vida que el puto gordo barbudo maloliente insistiera en cantar ese tema instrumental. Venganza contra los muertos: una excelente forma de perder el tiempo y arrastrar el nombre por todos los fangos imaginables. Mejor que se ponga un bikini, queda apropiado para los lodazales.


-Anal Intruder aprovechó un texto sobre "2001: Peñazo en el Espacio" -¿era así?- para hablar de los Hermanos Calatrava. Nadie está a salvo.


-Hemingway es Dios. Me he dado cuenta. No hay concursos de dobles de Adolf Hitler, tuvieron que buscar a Bruno Gantz debajo de las piedras. Es lamentable que un tipo tan trascendental en la Historia tenga tan pocos sosias. Sin embargo, el bebedor de Sanfermines, el viejo en un mar de mujeres, el cazador de gran calibre, tiene miles de sosias año tras año tras año. Hemingway es Dios, y casi todos están hechos a su imagen y semejanza; Adolf, sólo tiene un sosias; tengo un amigo que se parece a Egon Schiele; yo no me parezco a nadie, ni pretendo iniciar guerras, aunque sí escribir libros. Que mis palabras dibujen mujeres reclinadas, o mujeres tumbadas, o mujeres embarazadas y muerte, será un accidente modernista.

-"Hijo mío, ni funcionario ni bon vivant, ese es el secreto de la vida eterna", oído al pasar en un sueño extraño.


-Aquella canción de origen irlandés taladrará mis días finales. Se convertirá en sonido sólido y viviré en ella, y en todo lo que pudo haber sido, si yo no demostrara cada ciertos años que la imbecilidad es azar, antes que defecto neurológico.


-Bruce Lee dedicó años a crear un arte marcial pragmático e indefinido o, si lo prefieren, uno de los mayores ataques al estructuralismo de las hostias. Yo sólo quiero aprender a cortar cuellos con un currículo, e inmovilizar oponentes con un dossier de prensa. Los tipos de recursos humanos son todos minibosses, y como tales han de ser tratados. Welcome to the bonus stage.


-Un consejo para hombres: Javier Bardem. Cuando un tipo imponente te haga sentir el hermano in pectore de Farinelli, piensa en Javier Bardem. Su virilidad absoluta nos iguala a todos por abajo: el universo, afortunadamente, sigue cobrando sentido en ciertas escalas.


-Chicas perdidas en alambres y puntillas, hombres indispuestos por testosterona vía oral, niños pirómanos noctámbulos, guarderías de bofetón y cochecitos de habitáculo reforzado, estafetas sin correo con funcionarios analfabetos mirando paredes desnudas, constelaciones de soles que ya no existen, pájaros en llamas cruzando los campos de trigo, bajas civiles anónimas en el zapping -geografías aprendidas con los muertos-, odiseas de easyjet y todoacien, animales que se extinguen y velas que se apagan, criaturas que moran los abismos y las esquinas en penumbra, maníacos del dato disparando estadísticas, peones que trituran naranjas y beben zumo, libertades que hemos ido inventando, locuras en el confesionario, papanatas que se alimentan de patentes, vasos rotos y vajillas de porcelana en el abrevadero -y todos los cerdos llevan servilletas de papel-, demencias en el confesionario, electricidades imprescindibles (cero grados: ni frío ni calor), sacerdotes del Red Bull en la pista de baile, insano confesionario, ciudades que no se encuentran tumbadas en divanes de meseta, masturbaciones con banderas en las plazas públicas, idiomas que no aprendiste, una orquesta de heridos entonando un pasodoble, mentirosos que huelen a azufre, beatos que huelen a azufre, campos que huelen a azufre, peces que comen mercurio, orgasmos con sabor a cordita, ¿dónde vas?

                                                      patatas traigo.

Kun quería contar esto el 11/23/2004 1:14:20 pm
(1) opiniones gratuitas

11/22/2004
Visto de pasada (otro Quimicubo misplaced)

Acabo de abrir Gamespot.

La publi previa a la carga de la página es de Prince of Persia: The Warrior Within, y viene con un hermoso rating de

"M+17:

Sexual Themes
Blood and Gore
Intense Violence"


Tres buenas razones para comprar un juego -especialmente el último, a mí lo intenso me pierde-, pero...

¿Sexual Themes? Uy. Creo que algunos ya saben que a Kaileena, la partenaire del príncipe, la dobla en versión española mi adorada, idolatrada, y muchísimos epítetos bonitos más terminados en -ada, Leonor Watling. Uy.

Probablemente, se darán un muerdo y harán algún chiste sexual, que ya sabemos cómo son los born again christians para hacer las calificaciones de edad. Pero, uno, que es muy enfermo, ya piensa en los posibles usos de las Arenas del Tiempo para una sexualidad digna de la sonriente Berdún -me muero por conocer a alguien que se haya acostado con ella, y no tenga reparos en contar su experiencia con pelos y señales: pura curiosidad refranera, de esas de herreros, cuchillos, palos y casas-.

Al sexo en los juegos le encuentro el mismo problema que a los libros de fantasía o los cómics de Spiderman, y Fable sería el máximo exponente: si te puedes poner ciego a echar polvos y tienes cantidades de dinero más o menos enfermizas, ¿para qué leches vas a ir por ahí jugándote la vida, aguantando las inclemencias del tiempo y matando horribles criaturas que sólo obedecen su naturaleza? Ojo, no hablo del jugador -en Fable es MUCHO más divertido aguantar los últimos supuestos que echar tristes kikis medievales-, sino del personaje, claro. No me encaja, simplemente. Si fuera por coherencia, nunca me acabaría Fable: tengo más dinero que Dios, un guardarropa que es la envidia de Linda Evangelista, soy igual de famoso y mucho más guapo que Ronaldinho, y sólo tengo que sacar pecho y lucir tatuajes para echar un caliqueño, amen de que en algunas tabernas el alcohol me sale casi gratis.

Y, aún así, sigo cogiendo mi armadura, mi espadón mágico-que-te-cagas, y recorro los bosques para desfacer entuertos y darme el placer de tirar rayos por las manos friendo enanos zumbones.

Puñetera sociedad competitiva.

PD: en mi frikidolescencia dediqué unas semanitas a escribir un fan fiction sobre Mage, protagonizado por un simpático personaje que, básicamente, era el antihéroe por excelencia: no participaba en oscuras conjuras de poder y contrapoder, no partía en la búsqueda de objetos chachimísticos y no era un miembro proactivo de su sociedad. Tenía poderes y los utilizaba para pasarlo lo mejor posible, en compañía de su estupenda novia y sus coleguitas. Ni qué decir tiene que toda la acción provenía de que el resto de personajes de ese entorno le odiaban mortalmente: ninguno podía comprender que un tío con posibles no quisiera nada más y fuera tremendamente feliz. Y ese resto sí quería, por extensión y por desgracia, lo que era suyo. Así que, cada puñado de páginas, él les demostraba, con total indolencia y muchos efectos especiales, que la envidia es muy, muy mala. Y siempre terminaba diciendo esa frase: "puñetera sociedad competitiva".

Ahora, que el fan fiction era malo de narices, pero no mucho peor que cualquiera de las noveluchas de White Wolf o -Locusta knows- que los sacacuartos Jedi.

Kun quería contar esto el 11/22/2004 12:55:49 pm
(2) opiniones gratuitas

Haciendo tiempo

Qué pocas ganas de escribir las páginas que aún me quedan para cerrar el mes (y eso que tienen buenos temas: Fable, Halo 2, Half-Life 2). Qué pocas, también, de volver a afrontar el fracaso llamado Diana, el fracaso doble, el personal -hace tanto tiempo-, el eléctrico. Llegará un tercero, el literario, cuando lo que siga a mi prefacio no sea lo que yo esperaba, y mucho menos lo que fue -lo que pudo haber sido-.

Así que estoy haciendo tiempo, en compañía de gente (y de gente que yo no sabía que me acompañaba). El fin de semana bien, gracias, no he hecho nada arrepentible, nada irrepetible y nada reseñable. Descansar, descansar la mente y el cuerpo, sí, gracias. Y he estado haciendo averiguaciones, pero son personales y poco importantes, hasta para mis más fieles esbirros. Una de ellas es que he encontrado el origen de mi mala hostia habitual en las últimas fechas. Otra, que Madrid es una ciudad en movimiento en la que es imposible tomar referencias.

Porque, cada vez que vengo a Salamanca y me detengo -aunque lo segundo sucede en contadas ocasiones-, veo que esta ciudad anclada e inmóvil me otorga algo esencial en la vitalidad de los observadores: la atalaya fija desde la que elaborar sistemas de referencia. Dentro de Madrid es imposible, porque toma tal vorágine que los datos siempre salen equívocos y nos llevan a desastrosas conclusiones (en una de ellas, una máquina me estallará en la cara a mí, Victor Kun Doom, y tendré que llevar siempre una máscara de hierro: le echaré la culpa a Richards, claro).

Pero la calma salmantina tiene sus ventajas: la bañera de mis padres, los aceites hidratantes de rigor, y las trivialidades majestuosas, como -por ejemplo y porque sí- reflexionar durante un par de horas sobre la forma y particularidades de los dedos de mis pies.

¿Cuándo fue la última vez que reflexionaron sobre sus dedos de sus pies en una agradable bañera calentita?

Ya respondo yo por ustedes: demasiado.



Es maravilloso perder el tiempo con total conciencia de esa pérdida.

Kun quería contar esto el 11/22/2004 12:13:43 pm
¿Me estás hablando a mí?

Un prefacio

No me gustan los prefacios ni los prólogos gratuitos, como bien saben los que me conocen o leen. Pero existen casos excepcionales, donde la narración previa a lo que se quiere narrar, o el cúmulo de casualidades y contrariedades que engendran el texto así lo requieren. Éste es uno de esos supuestos.

El día 18 de noviembre de 2004, gran parte de Madrid, incluyendo el centro de la ciudad, que es donde residía por esas fechas –y resido de forma oficial al escribir estas líneas, por más que se escriban desde Salamanca-, sufrió un apagón. La causa fue un incendio en la subestación eléctrica de Unión Fenosa sita en Méndez Álvaro. Escribo esto 48 horas más tarde, cuando aún no conocemos todas las causas, o éstas no nos han sido reveladas, cuando la racionalidad de los hechos aún se combina con la magia vivida durante un par de horas.

Pese a que no soy andaluz, he vivido ya unos cuantos apagones, aunque siempre a escala más doméstica, o en ciudades más amables. Pero la ausencia de luz eléctrica se presentó a niveles que yo desconocía, salvo por las películas, libros e historietas que tratan sus equivalentes neoyorquinos. La duración fue más o menos anecdótica, si bien las imágenes de las calles más transitadas iluminadas sólo por coches sin semáforo que les regulara, por luces veloces devorando centímetros a la oscuridad para volver a cederle terreno, quedarán en mi memoria. Recuerdo los comerciantes montando guardia en las improvisadas garitas que entonces fueron sus locales, pertrechados con una radio a pilas, una linterna a ídems, y un rictus mezcla de determinación –"esto es mío"- y pavor –"tal vez deje de ser mío"-. Y en aquellos primeros minutos todos compartíamos en el silencio, o en el intercambio de breves informaciones –"no diga chorradas y deje de mirar al cielo: no ha podido ser un atentado"-, esa misma mezcla, en mi caso aderezada por un maravilloso sense of awe que no permití que me abandonara en ese tiempo.

Siempre hay circunstancias personales, claro, todas igual de importantes en casos así, y siempre serán recordadas por cada uno de nosotros: dónde estabas tú cuándo... Y habrá una respuesta. Madrid parece especialmente prolija en ese tipo de situaciones que, guste o no, acentúan biografías en comparación a otras ciudades. Mi vida en Salamanca, por ejemplo, y por ser yo quién la narra o narraba habitualmente y considerarlo interesante, así funciona, es parca en situaciones únicas y trascendentes que pueda compartir con el grueso de mis congéneres. Mis anécdotas son personalistas, reducidas a un determinado grupo de personas, y sin mayor impacto en el devenir de la ciudad, salvo un par de logros en el ejercicio de mi otra profesión, que ya fueron conveniente y públicamente narrados en aquel periódico infame, con mi propia firma, y omitiendo –con la certeza de saberme censor previo y obligado de aquellos hechos- los aspectos más jugosos, que acompañarán siempre mis pasos pero no mis textos oficiales.

No sucede así en Madrid. La tarde del 18 de noviembre queda como el tercer momento más especial que le he sacado –o me ha venido encima, en este tipo de clasificaciones el azar es la única certeza-. El primero no ha de ser nunca superado, quiero acabar mi vida sabiendo que nunca habré visto, olido o pisado nada similar, y también sucedió este año. El segundo es personal y mucho más agradable, por más que envuelva kilómetros de la ciudad y fuera en domingo. Y este tercero, este apagón, quedará en mi memoria como el día de la Madrid mágica y apagada, de ver mi barrio sumido en el caos y la incertidumbre mientras yo contemplaba la belleza, prerrogativa de nos, productores de ceniza, espectadores cualificados de los conatos de apocalipsis.

Esta no es la primera vez que escribo sobre ello. La primera sucedió ayer por la mañana, cuando en mi página personal de Internet narraba estos mismos hechos, si bien de manera más irónica, más poética y más personalista, dado que entonces no era un prefacio o, más bien, yo le desconocía a mis palabras tal condición. Ese personalismo me llevó a contar un evento trivial: durante las horas oscuras, yo recorría las calles mientras mi ordenador inerte recibía correos electrónicos que, en otras circunstancias, yo habría leído. Algunos duros, otros laborales, y, los menos, dulces sorpresas de personas a las que podría llegar a amar de forma única, con nombre y apellidos.

He de explicarme, pues no me llega la arrogancia como para suponer que cada persona que lea esto conoce mis filiaciones con el progreso. Gusto de calificarme como homo electricus, la nueva rama del homo sapiens que depende totalmente de los vatios y los voltios para alcanzar la plenitud y el desarrollo como especie. No es tanto una dependencia pasiva como una simbiosis, dado que lo que la electricidad me aporta me sirve para costearme mayores y mejores interdependencias con ella. Es, aún, una definición muy simple –pues la correcta sería homo digitalus-, pero los restos de romanticismo que de vez en cuando me vencen, apostaron firmemente por homo electricus, que queda más decimonónico y anuncia voluntad de futuro.

Así que, hablaba del citado homo –yo-, y de cómo el apagón le mantuvo a salvo durante unas horas de los impactos emocionales que se hubieran producido en cascada en ese tiempo. Comencé a indagar en las cualidades profilácticas de la ausencia, y no sólo en lo relativo a los correos electrónicos, sino en general. La ausencia como defensa contra la contaminación de los recuerdos, la ausencia como impedimento real del daño –o la alegría- que los otros pueden guardarnos, a la espera de que les encontremos y ya no sean más ausentes. La ausencia que es, por definición, más soportable que la pérdida, y consecuencia de ella en ocasiones, madre necesaria del olvido, hija predilecta de las vidas rápidas o agujereadas. Visto así, es una comparación muy vaticana –la ausencia de sexo es más profiláctica que los propios preservativos, dicen los que no respetan ni lo uno ni lo otro, ni tan siquiera culitos prepubescentes respetan los amos de la moral de los que sí lo hacen-. Pero, mi incapacidad de repetir mis propias palabras –uno de los motivos más ciertos y egoístas para escribir: que queden, que queden y yo pueda leer mis pensamientos más tarde, cuando los mecanismos que los engendraron estén ya desvanecidos en la miasma de la prisa y la vida inabarcable- me impide demostrar como llegué al convencimiento de que la ausencia era "un condón de la memoria y sus recuerdos más venéreos".

Fue en ese momento cuando se gestó la historia aún por narrar, sigue siendo un prefacio, aunque ya longevo y presto al fin. No es, en el sentido convencional, una historia, es una narración de recuerdos hermosos que ya no volverán a suceder, no al menos al yo que los vivió ni de manos o boca de la persona que me hizo vivirlos. La historia fue escrita casi en su totalidad, con un grado de ejecución que me causó sorpresa y, a las pocas líneas para terminarla, un apagón, doméstico, focalizado a la altura de los fusibles de mi habitación y su maltrecha instalación eléctrica, desvaneció dos horas de escritura que ya no volverán y de las que no queda nada, aparte de un aviso de "sectores defectuosos en el disco duro". No se me escapa el grado irónico, absolutamente bolzánico, que conlleva un apagón que borra un texto nacido de otro, y se lleva con él un recuerdo que nunca narré y, en mi mente, hace mucho tiempo que sólo era ausencia y no contaba con electricidad que lo alimentase. Ya no importa, o lo hará siempre, pero será a mí, y en menor medida a los lectores que hayan ingerido este prefacio eterno. No más. Sólo puedo recordar en su totalidad las primeras palabras, que serán las mismas que conduzcan el nuevo narrar que, ahora sí, arranca, con una despiadada sensación de deja vu para el narrador:

"Se llama Diana, y ése es su nombre real".


Kun quería contar esto el 11/22/2004 10:27:34 am
¿Me estás hablando a mí?

11/19/2004
La tragedia más diminuta

Hoy, después de dos horas de desatender mis obligaciones, se fue la luz. Como ayer, pero a escala doméstica. No sabemos por qué saltaron los malditos fusibles, ni por qué después pudimos seguir como si nada.

Llevaba dos malditas horas escribiendo un post. Dos. Empezó como un texto sobre el apagón de ayer, qué ironía, y desembocó en una historia, una vital, mía, dolorosa, bella, intensa, ordinaria, NO LO SÉ. Pero mi compañero de piso tuvo acceso a dos de sus párrafos y su emoción me hizo saber que estaba en el buen camino. Habituo a copiar los textos al portapapeles según los escribo, por si los accidentes made in blogdrive, y los pego en word justo antes de darle a publish. Me quedaban aproximadamente dos párrafos para terminar, creo. Llevaba el equivalente a seis folios. Sí, excesivo para un post, pero no era un post. Era una historia que nunca he narrado por escrito, tal vez la más cierta y mejor narrada que he llevado a cabo en los últimos tres años, un saludo a todo lo que había perdido escribiendo y que de repente llamaba a la puerta y exigía ser narrado apuntándome con un arma muy grande. Sería estúpido volver a intentarlo, porque surgió y no puedo recordar cada palabra -sí, era uno de esos extraños logros donde CADA PUTA PALABRA tiene una razón de ser-.

Al volver la luz, probé todos los métodos que conozco y los google que no conozco para recuperar la información. Después, descubrí que tras mi última pelea con el ordenador NO tenía instalado el clipboard viewer, ni la opción de utilizar el escritorio como portapapeles. Nada. A eso se reduce todo, a nada. Mi mejor historia hasta la fecha reducida a nada.

Expresar cómo me siento, o tratar de describir lo que contaba son pálidos reflejos, son inexactitudes, son tonterías. Sé que en un par de días tal vez intente reproducir esa historia para mí, esa historia que ya no podrá ser lo que estaba siendo, ya no podrá alcanzar las cotas originarias, no tendrá la improvisación ni la valentía necesarias para lo que estaba acometiendo. Será, tal vez, buena. Será, sin duda, peor. Y las implicaciones personales encerradas en ella son para mí insoportables. Y ahora, encima, tengo que solventar el retraso de mis textos mercenarios.

La tragedia más diminuta no es la que nadie puede observar: es la que no tiene consecuencia alguna.

He perdido un original empleando un medio que no conoce esa palabra. Es la tercera vez que me sucede algo parecido en mi vida. He perdido muchos posts, he perdido archivos, he perdido libretas con versos sueltos y hasta algún relato a medias que otro. Pero eran... Eran prácticamente inimportantes, no formaban parte del selecto grupo de textos que me gustaría que quedaran si algún día no puedo volver a escribir, por muerte o por incapacidad o por lo que sea.

Sólo dos textos han dolido tanto como éste. Sólo dos pérdidas irrecuperables me han devastado como ahora. Y no tiene sentido contarlo ni que nadie lo lea, no más que el de las esquelas o los laudos.

No más sentido que el que guarda la palabra escrita sin mayor objeto que el de ser sombra inútil de lo que conmemora.

Ninguna importancia, ninguna consecuencia, ni siquiera la veracidad que llevaban los otros dos -uno fue leido en público, el otro pasó por algunas manos antes de su evaporación-. No ha quedado nada. Y esa nada, esa ausencia inexistente, esa pérdida extremadamente personal y estúpida, esa es la tragedia más diminuta que me ha sucedido en tanto tiempo, la más devastadora, la más inexplicable, y la que no puede adquirir consuelo.

Por eso, este post no admite comentarios. In memoriam a un texto que comenzó hablando de la luz que se escapó de Madrid y la convirtió en un wonderland tétrico, para desvelar más tarde su auténtica identidad con estas palabras:

"Se llama Diana y ése es su nombre real."

Kun quería contar esto el 11/19/2004 3:18:50 pm


Next Page
 
     
     
 

Ven ustedes un blog herido de muerte.


<< December 2004 >>
Sun Mon Tue Wed Thu Fri Sat
 01 02 03 04
05 06 07 08 09 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31








If you want to be updated on this weblog Enter your email here:


rss feed

blogdrive