Son las 17:56 y nadie mira al cielo, pero tampoco verían la masa invisible envuelta en llamas, como un efecto especial o un fósforo sobrehormonado. Desde esa perspectiva aérea, Madrid parece un zoom de Google Maps con mucha menos luz.
A las 17:58, la confluencia entre las calles Augusto Figueroa y Hortaleza se ve sacudida por un impacto repentino que no deja marca en el suelo. El estruendo es inaudible en general, menos para un par de perros de tamaño ínfimo, a los que nadie tiene en cuenta su opinión, y uno o dos de los dementes habituales de la zona.
La onda expansiva penetra inocua las paredes y los cristales en un radio de siete manzanas, y unas 2.600 personas sienten, en el tiempo que dura un eructo, un pequeño impulso emocional indistinguible de la bajona navideña. No menos de cuatrocientas piensan "¿flato?", y siguen comprando.
A las 18:04 horas, Kun tiene la ligera sensación de que no ha atravesado la atmósfera en llamas, no ha tenido un impresionante hostión contra la realidad, y no ha salido trabajosamente de ningún cráter. No hay quemaduras por fricción, ni la gravedad pesa más de lo debido, ni se siente solo en negativo
-sentirse solo en negativo es como sentirse solo, pero prefiriendo no estarlo. Sentirse solo en positivo es como sentirse solo, pero prefiriendo no dejar de estarlo. Sentirse solo es algo que siempre te pasa cuando cagas, pero no le das mucha importancia-.
Pero, tras revisar la lista de medidas de seguridad kuntianas para la catarsis emocional, no encuentra ninguna sección que hable de simulacros o maniobras. De hecho, sólo hay un dibujito de una casa, un árbol, y tres monigotes. Y una pegatina de la Civil War que dice "I'm with Iron Man".
Odio perder el control, pero ya era demasiado. Ya era demasiado desprecio, demasiada tomadura de pelo, demasiado tiempo, demasiado insulto gratuito. Demasiado vino, también.
Dirán que soy malo, que monté un número banal y ridículo, dirán muchas cosas de las que no me disculparé, porque son ciertas. Pero, hoy, después de escribir esa palabra que tan pocas veces escribo, adiós, con todo el dolor del mundo adiós -si ya está todo roto y no hay nada que arreglar, por qué no decir adiós-, ya no tengo encima la rabia, el odio tremebundo hacia todo bicho viviente, empezando y acabando por mí, la mala hostia existencial que ha matizado todas mis palabras desde hace tanto tiempo con tantas personas.
Hoy, sí, me siento un poco bastante triste de saber que todo acabó como no quería que acabase, y que ya hay otra persona en el universo de la que me alejo despreciado y dolido, que ya es non grata en mi biografía -ahora sí, ya es non grata, se le impone exilio y ostracismo vital por mi parte: si no le va a importar, además-. Pero, he aprendido muchas cosas entre junio y diciembre. He adquirido muchos nombres interesantes en estos meses. Me sorprende la vida con un racimo de semillas, de cosas por hacer, de gente que se ha portado tan impensablemente bien conmigo y a las que otorgar yo lo poquito mejor de mí que aún me sobrevive.
Así que es hora de cambiar de piel y no ser reconocible, de mudar mi olfato, de traspasar todas mis inversiones, hacer las cuatro o cinco locuras que me restan con otro nombre. Y luego, ya pasada la tormenta identitaria, hacer lo que nunca hice. Propósitos para el nuevo año.
El primero de ellos, ponerme precio. El segundo, hacerme digno de dicho precio. El tercero es la opción C, y es siempre entretenida.
Me siento así. Me siento exactamente así. No como Denis Lavant y su parka, no como Jonathan Glazer filmando en un túnel, no como Thom Yorke ni como James Lavelle ni como DJ Shadow.
"En vano le dije que mi vida era igual que un perfil griego" -Denisa Comanescu
De madrugada, me asalta la incomprensión helada y se prolonga hasta estas diez de la mañana, ya tímidamente por encima de cero: la vida, que no tiene título, como no lo tienen las anécdotas. Porque hay novelas y poesías y obras teatrales y guiones y temporadas y capítulos y juegos y cómics y cuadros y estudios y ensayos y esculturas solas o grupales, hasta fotografías hay con título. Pero no vidas.
No nosotros, y la muerte es un archivador, nada más que un archivador estadístico, se nos mete en el cajón adecuado y se inscribe encima la ficha. Tal nombre, dado por otros. Tal fecha de llegada, que no decidimos. Otra de partida, que pocos eligieron voluntariamente. En todo caso -en pocos casos-, un epitafio; en todo caso -en muchos casos- una frase al uso, como un santo y seña, que dios tenga en su gloria, o algún otro etcétera. Y no hay más. ¿Es parálisis? ¿Es tal el miedo a juzgar la vida de otros -a ser juzgados luego- que preferimos la ficha, el encajonamiento archivero del cementerio, a tener un título que llevarnos que diga "eh, estuve aquí, hay cientos, miles de personas que llevaron el mismo nombre que yo, pero mi vida tuvo este título"?
(una crueldad burocrática que los soviéticos no realizaron -y tenían que, por mera coherencia estética-ideológica-: deberían haber enterrado a sus muertos por orden alfabético. Y a la mierda con todo, a la mierda con el individuo y con los que lo nombran: patéticos e inimaginativos habrían quedado tantos padres a ojos vista del resto, en cada funeral, al enterrar al enésimo Juan Pérez ruso, al lado del enésimo menos uno, previo al enésimo más uno por venir. Los nombres no bastan: se dan antes de haber tenido ninguna historia por titular. El Vietnam Memorial de Washington es la prueba perfecta de ello: más de cincuenta mil nombres caídos en combate, seguidos unos tras otro, por orden cronológico, devorados por el anonimato. Sí se sabe la historia de la Teniente Enfermera Sharon Ann Lane -muerta por cohetes, con el dudoso honor premiado de ser la primera yanki caída en combate allá en Vietnam. Luego, murieron otras, alguna de un infarto y, aún así, fue caída en combate. Pero no tienen título. Seguro que sí lo tienen los infinitos telefilmes de sobremesa que sobre alguna de ellas se habrán hecho: "Café de Antena Tres: la historia de Jane Teratocarcinome", por ejemplo.)
Y peor, ni siquiera tenemos episodaje. La próxima vez que alguien me pregunte mi edad, le diré que es mi décimoquinta temporada, y que voy por el capítulo 5, "El canon". Yo ya paso de enumerar hechos físicos.
Me hizo feliz, brevemente. Me gustó. Es un hermoso objeto de muerte. Es compacto, funcional, sin la carga estética que las pistolas americanas exhiben como carne californiana. Eso sí, el logotipo de "Waltheeer" -léase con afectación- tatuado cerca de la boca del cañón me parece horrendo y marinero.
La diferencia con las otras veces que he tenido pistolas entre manos -y un AK-47, aunque sin aguja, inofensivo- es que no me preocupaba la sensación de poder. Cogí el arma, comprobé el seguro, la corredera, la carga y extracción del cargador, me sentí feliz por lo muy amable que es con los zurdos, y me deleité en la mira, pensando que a diez metros puede que no exista un arma tan precisa y pequeña.
Es cierto que la sensación de poder no es la misma sujetando una .22 ("un arma para chicas", dicen. No sé ustedes, pero nada puede asustarme más en este mundo que una pistola en manos de una mujer que no se sienta intimidada por dicha arma) que una jodida .357 ("un arma pasada de moda que hace agujeros pasados de moda). Pero, el hecho fundamental es que no me sentía incómodo, no pensaba que tenía que poner mucha distancia entre un cacharro que puede cambiar el mundo mediante una simple presión del dedo -bueno, simple, tiene un kilo y algo de presión- y mis falanges.
Aunque una .22 no deja de ser un lanzaguisantes, la Walther P22 de cañón corto ha engrosado ya la lista de "objetos a conseguir cuando los muertos se alcen". Su bajo calibre -y la disponibilidad del mismo, importante-, su perfección mecánica -hace lo que tiene que hacer: comer y cagar balas de forma regular, sin estreñirse- y su precisión obligan a utilizarla con efectividad. One shot, one kill. Una cosa tan cuca no entraña el riesgo de entrar en berserker mode on.
Y para volarse la tapa de los sesos tras el primer mordisco no tiene precio.
Puto Mono
El sábado de madrugada conocí a este individuo.
Fue una noche entretenidísima, la verdad, de safari por mundos que desconozco y bandas sonoras con las que no comulgo. Pero que tuviera que ser en el retorno a la reserva cuando conociera a Puto Mono, ay, tiene bemoles. El caso es que yo saludé a cierta señorita que conozco y Puto Mono apareció de su rama más cercana diciendo perlas del estilo "eh, tío, que yo esta noche me voy con ella, qué haces, búscate a otra".
Mi estado de ánimo no ha cambiado. Sigo odiando a todo el mundo. Pensé seriamente en darle de tobas en cuanto me dijo eso, pero espeté mi habitual "¿te conozco?". La señorita me dijo que Puto Mono llevaba media hora agobiándola y que ella tampoco le conocía de nada, así que abracé a la señorita, me tomé una cerveza con ella, y le di la espalda a Puto Mono, dando como respuesta "¿te conozco?" cada vez que decía una macacada (eg: cada vez que hablaba).
A los cinco minutos, Puto Mono empezó a decirme que yo era "un depravado" - ¿te conozco?-, "un cerdo" -¿te conozco?-, y etcétera -¿te conozco?-. La verdad es que me encanta que me llamen depravado, pero Puto Mono aparece aquí porque es un exponente de lo mucho que odio a los bípedos en general, sean macacos, gallinas o velocirraptores. Y complementa la primera mitad del post: imaginen que yo tuviera una Walther P22 metida en la raja del culo, dándome amor metálico a cada paso, y que un Puto Mono cualquiera te viene con gilipolleces. He visto suficiente películas de mafiosos para saber cómo hay que dar las hostias con un trozo de metal que escupe metal. No, no tengo que tener nunca pistola.
PD: Concluyo la historia. El caso es que, en cuanto me dio el primer empujón, tuve que tirarle de la barba, llamarle patético, y decirle que si fuera la mitad de depravado de lo que el decía, so patético, a lo mejor no era muy buena idea meterse tanto conmigo. Tirándole de la barba, patético, y dejando que la borrachera tomara el suficiente control de mi boca como para ser consciente de que "patético" llevaba más salivazos encima que cualquier vídeo en el que cante Freddie Mercury. Con las dos manos y escupiéndole.
Tiene que encabronar.
Luego solté un "¿te conozco?", y me di la vuelta. Al parecer, intentó abalanzarse sobre mí por la espalda, o eso me dijeron después de que lo sacaran del bar.
Se pone interesante a partir del quinto párrafo, sin contar éste. De nada.
Siempre que cojo el metro o agarro un taxi o estrujo un autobús urbano emprendiendo el primero de los tres caminos que me llevan de la casa en la que vivo a la casa en la que viví, me entra la melancolía. Soy un nostálgico inverso, tal vez. Se me acentúa ese dolor abstracto según tengo que aguardar el segundo tránsito, pues soy poco precavido, gusto de lo azaroso, no compro billetes de antemano excepto para los aviones, y aún así tantas veces me arriesgo, Barajas.
Así que estoy con una hora por delante antes de coger el exprés que me llevará a Salamanca, puede que con retraso, intercediendo la M-30, la colapsada salida de Madrid, el pollón violador de vehículos que amenaza siempre al presexual coñotunel de Guadarrama. Normalmente, saco mis cuadernos, y escribo con furia -los de tapa dura son los cuadernos de viaje, pues dónde apoyarte en una estación salvo en ti mismo-, o compro un periódico y garabateo en sus márgenes -palabras sueltas, desde el instituto: pocas espirales o dibujines hacia yo, que escribía palabras en los libros, bocadillos en todas las fotos. No era de dibujar- sobre el portátil. Pero he aquí una wifi en Conde Casal, y hago un post.
Hago un post porque Kun y yo estamos perdidos otra vez. Vamos a trompicones por la vida y este blog, que era mi tabla, mi última nao, mi Nido de las Águilas o mi búnker anti T-54, se ha perdido conmigo. Por lo de siempre: cuánta gente que me conoce cree conocer a Kun, y viceversa. Miedo escénico. Días difíciles y luego cómo escribir de la gente que aquí me leerá.
Pues así, que ya nadie me importa, que tengo el odio y la sopa de sobre, la muerte y la Xbox 360, la desilusión y cincuente minutos entre tránsitos, varado donde nadie permanece. Me di cuenta, ya nadie me importa, ya nadie ajeno me importa y me reservo cuáles son las personas que son o no son ajenas, no se lo digo a ninguna, sé quién pertenece a mi vida y quién no, aunque luego mis actos de ninja no demuestren lo uno o lo otro, que cuando me pierdo, me pierdo para todos de manera inmerecida.
Pero me di cuenta en el metro, cómo no iba a ser el metro, mientras leía el folleto de socio de la Fnac, donde se paga a tocateja si se es autónomo. Y entró la refugiada, bosnia, una hija pequeña que menos mal no llevaba encima, sólo su foto, que yo veía desde atrás. Por eso, no sé cómo es su hija, si se parece a la madre refugiada o a un padre del que su speech de homeless nada dijo. Su hija, que no tiene ni pañales ni leche por favoooor, que vive en una chabola por favoooor, su hija diseñada para buscar la lástima, la culpa, es refugiada en un país de 98% de católicos, tantos no practicantes, pero igualmente adoctrinados por favoooor.
Lo fácil, en este estado donde mis únicas preocupaciones son las emocionales -tengo techo y sopa de sobre y electricidad y alcohol: nada me falta-, habría sido odiarla. Profunda y quedamente, odiarla. Y no por lo habitual, no por la razón por la que ustedes odian a sus mendigos, que son como mandos a distancia interferentes, saltan nuestra emisora al canal de la conciencia sin permiso, jodidos atentados estéticos, éticos, malhadados -no es insulto describir el destino- y por eso los borramos, nos retraemos -fíjense que la gente que pasa delante de un sintecho suele poner cara de pensar a mucho volumen, ceñudos y concentrados: si pusiéramos un físico en cada esquina mendicante, la fusión fría sería un hecho desde hace décadas-. No odio a una refugiada de fotográfica niña por eso. La odio por su historia, por su vida ajetreada, por su miseria narrativa, porque sin voluntad ni querencia ni intención de ello, los hechos la han catapultado a una situación límite verdadera hasta extremos cuasiabsolutos. Odiarla porque su vida es extrema y rica, en lo único que le importa a mi infecta escala de valores, esa misma que reza que su miseria no quita valor a la mía ni viceversa -cada uno sufre lo que le toca, lo veo en la gente que no hace más que llorar por absolutamente todo sin hacer nada por remediarlo: yo, por lo menos, sólo me quejo de la maldad o la locura inherente al coño que adquiere categoría nominal. Luego, intento remediarlo. Y fracaso, sí. Pero en la vida real, sólo Londres me ha vencido hasta el punto de hacerme salir corriendo entre lágrimas. Tal vez Londres sea un coño nominal-. Odiarla, entretenerme viendo quién le da dinero, quién no
-yo siempre doy dinero a los mendigos sobre los que luego escribiré, pero no a los voluntarios, ni a los cooperantes, ni a los activistas de nada, que son más escoria e indignos porque creen, porque se solidarizan, mierda, mentira, idiocia. Si admiro y odio por igual, tal que coños que me enamoran y me duelen, a ciertas clases de mendigos
(me llama mi madre, sí, ya, besitos, sigo)
es porque no hay voluntarismo en su miseria vital, tantas veces. No están ahí pidiendo porque les salga del rabo, incluso los que creen que sí. Están ahí porque la vida les ha dado por el culo desde el principio. No nacen por la cabeza esas personas, nacen con las patitas por delante para que la vida les trepane el recto incluso antes de salir del coño de sus madres, fatídicamente hablando. Es decir: no les verían ustedes pidiendo para las putas ballenas, los jodidos refugiados, el sidoso yonki pobre amputado, el cagarro que estamos haciendo con el medio ambiente, el pobre de solemnidad ante el crudo invierno, el chichi de la virgen ruandesa de quitaypón destinado a labores de costura cárnica con aguja oxidada, lo jodidos que son los chinos ateos con los chinos que creen en las sopas de sobre, lo mal qué está África, los palestinos que se apilan, los israelíes que les apilan, y los putos jodidos cagarros de todos aquéllos que me piden siquiera un segundo -el tiempo es dinero, amigos: ustedes pierden dinero leyéndome- en el nombre del puto jodido cagarro de dios.
Todos los que se solidarizan con cualquiera de esas mierdas, me dan por culo. Por eso, admiro y odio a los mendigos (algunos): ellos no realizan ninguna de esas peticiones -bueno, nunca una ballena o un israelí me ha mendigado, pero denles tiempo- por voluntad propia, porque es, ya saben, guay, somos comprometidos. Lo hacen porque todo es tan puta mierda que no les queda otra, de ahí que incluya a los que se tiraron por la vida un paso más allá de la sopa de sobre, voluntaria o heroinómicamente-.
(Y sí, todo eso iba entre guiones)
Por eso, en el metro, me di cuenta de que ya nadie ajeno me importa. Juzgué mal a todos los que le dieron dinero, yo incluido, y eso que yo le estaba pagando a la refugiada de niña bidimensional y cuatricómica los servicios de este post. Juzgué mal a todos los que no se lo dieron. Un tanto demasiado tarde, reparé en la niña de cuatro años, real, oriunda, parida por la cabeza, que se refugiaba en las piernas de su madre porque el speech de la refugiada paridora de fotografías anónimas sin padre le había pillado a medio metro de distancia. Y entonces odié a la puta niña, por no tener ni idea de que un día todo, absolutamente todo lo que da asco de este planeta -la refugiada, los hombres, yo, puede que no en ese orden- sólo le hará ceñir el gesto, apretarlo bien, meter la mirada en el interior y concentrarse demasiado. Y eso, si es lista y no acaba pidiendo amor en cuotas para los cetáceos del Japón, calle del Carmen arriba, calle del Carmen abajo, sobre la que no escribiría ni le daría el dinero.
El mismo que he pagado gratamente, para ahorrarme hablar del olor que ha estado sentado a mi lado durante la sobremesa, y que me sigue trayendo de cabeza. Su persona, ya nada me importa, me es ajena. Tanto que hago párrafos y párrafos sobre mierdas cotidianas para no entretenerme en ella más allá de lo preciso: su olor, que me trae de cabeza, y no lo borra mendigo alguno, o los cigarrillos que fumo en su presencia, como Bigby Wolf en las proximidades de Snow White, y por los mismos motivos.
De las personas ajenas, ya sólo me importan trocitos: es lo mismo que hacen todos con el cosmos, pero a otra escala. Voy a coger un autobús.
Pero, antes, me fumaré un cigarro, en un mundo donde un niño se muere de hambre cada tres segundos y Bono hace villancicos con los de OT por buenas causas.
Las ricas sopas y cremas de sobre de Gallina Blanca valen sesenta céntimos.
Siempre pensé que las personas que emplearan las ricas y baratas cremas y sopas de sobre como base de su alimentación serían esos losers de la literatura angelina. En esos flats soleados y malolientes en los que aterrizaron cuando la vida les tiró al arcén. Sin muebles, apenas una mesa y una silla y un televisor de cuernos, comiendo sopas de sobre, ricas cremas de champiñones, a los que cada cucharada les acerca un poquito más a la muerte: esa misma comida es un suicidio, un síntoma de.
Eso pensaba yo antees de descubrir las ricas sopas y cremas de sobre a sesenta céntimos, equipaje vital del loser que aprender a apreciar, como otra forma de caer aún más bajo. Menos dramática, menos aparente, más escondida, mi nueva muerte consistirá en una estantería llena de sopas y cremas de sobre.
Así no podré alabar a nadie por sus labios pintados, mal pintados como de muñeca industrial apresurada, o niña pequeña que se fija antes en dicha muñeca que en su madre. Exactamente como a mí me vuelven loco de deseo son esas malpinturas labiales de muñeca de carne. Una mujer embutida en un vestido, maquillada con los labios malpintados, qué puto telépata le dijo que así, y exactamente así -y yo no lo dije aquí, ni aún se lo había contado ni ha visto ninguna foto de mujeres que me tuvieron entre esos labios malpintados, pues ni siquiera existen esas fotos- es la mujer que ha de enloquecerme.
Pero, no se dice. Cómo decir, decir a nadie, que es guapa o preciosa o quien me inflama y me hierve sangres en sentidos impensables, quien odio tanto como deseo como echo de menos, cómo echo de menos en noches bocazas en que hierve sangres y nada debería hervir sino sopas, cremas, calla y come, y cómete sopas, calla, no digas, no pienses, eso es imposible cuando no hay sangre, ni vida alguna, cuando hasta boca y venas se llenen con ricas, baratas, suicidas cremas y sopas de sobre de Gallina Blanca.
Tiene que ser así más lenta la vida, más grumosa. Puedo imaginar perfectamente el fluir caldoso de las estrellitas con ternera, viajando por todos mis vasos sanguíneos a velocidad viscosa. Todo tan relajado y lento que no quepan el amor, su contra, las apetencias o los disgustos, ni los pensamientos siquiera, sustituida ya la electricidad por los restos rehidratados de los champiñones.
El zen es la sopa y Buda la crema. El Nirvana es un hecho deshidratado.¿Y los yogures con frutas del bosque? Están destinados a crear cismas, épicas guerras eclesiales y extrañas regulaciones de la flora intestinal, mucho más importante que el alma.
Eso no lo dije yo. Lo dijo Óscar, con esa gracia de piropeador madrileño, detrás de la barra de mi Rocablanca querido. Y la rubia, que no capté su nombre, contestó con un estupendo gracias. Ésas son, deberían ser, mañanas de lunes. Mi camarero tocayo se afeitó su sempiterna perilla, con anécdota y todo -culminada en un "debería estar prohibido afeitarse a las seis de la mañana"-.
Por el camino, casi todos mis post pasados de paseo matutino se me echaron encima: chica pelirroja, de óptica azul, vestida de negro, con boina francesa, llorando por la calle; cruce casual de dos personas que se encuentran y una levanta en volandas a la otra gritándole "te quiero", a horas intempestivas; mantuve una conversación con una señora estupenda; compré el periódico al paso; hasta miraba el cielo plomizo y el cielo me devolvía la mirada; un chiste de Forges en El País hablaba de devolver las sonrisas, y hoy me las han devuelto casi todas. Ésas son, deberían ser, mañanas de lunes, y yo ya las he contado todas, una cada vez.
Así que me siento feliz, un poco, un muy poquito, porque todo aquello que me provoca una erección lírica lo encuentro día a día por la calle, en dosis generosas, un "sírvase usted mismo" del slice of life ajeno y propio, en el que regodearme y acabar con empacho.
Por otro lado, el viernes conocí a alguien. Se me hace extraño que, siendo lunes y mañana de, yo todavía me vea impulsado a señalarlo -recuerden: escribo para mí, lo hago para acordarme que algún día que fue lunes, yo todavía recordaba un viernes-, pero es así. El mayor problema, cabezón y fantasioso como soy, es que la voz doble de lo que creo que es mi conciencia -esa mixtura sonora que suena a Loc y a mi madre por igual- daban un inesperado visto bueno a esa persona (cuando lo que más me gusta cuando conozco a alguien, con placer de travieso, es que esas voces siempre gritan "NO!").
Menos mal que es imposible que suceda algo. Y, por imposible, no estoy hablando de mis profundos devaneos emocionales, del fátum y la tontuna adolescente, de los pesos espectrales del pasado, de ñoñokun. Menos mal que es real y objetivamente imposible que suceda nada, porque aún sujeto un pico de toalla con los dientes, negándome a dejarla caer, como un perro idiota y testarudo. No me apetece volver a ilusionarme por nada, ni a desilusionarme absolutamente de aquello que vengo arrastrando. Menos mal que es imposible con nombre propio, como hace más de medio año imposible era sinónimo de Italia: geografías o tiempo o personas, tanto da, mientras me estorben.
La verdad es que nada me apetece en demasía, últimamente. Qué coñazo es el urbanismo zen.
PD: Mañana pincho en el Espiral Pop. Apático como estoy, es más una carga que un disfrute.
PD: Ya me acabé el Gears of War en dificultad elevada. El sábado por la noche. Lo empecé el jueves. Gñ.
...me voy a hartar de ser autónomo. Cada vez que hago algo parecido a pedir un crédito, una financiación, un tipo de operación bancaria que no implique la tocateja, se me indica eso de "sí, con la nómina". Entonces, uno explica cuál es su categoría -no importa el qué, es mejor no decirlo- y recibe "esa" mirada. Esa puta mirada de "declaración de la renta 101", de "lo tienes crudo", de "uyuyuy, un ladgón guesquebgajadog de España" (bueno, lo último es ciegggto). De, pues nada, nada, trae todos los documentos bancarios y fiscales y estudiaremos tu caso. Es-tu-dia-re-mos. ¿Qué soy, una puta cobaya financiera? Y tú, na, mira, déjalo, lo compro a tocateja, vale, tengo el dinero, sólo prefería por una vez pagar con eso de cuotas sin intereses para socios de primera. Hazme la pre reserva (literal, he ahí la aplicación de la ontología aristotélica al consumismo audiovisual modelno: pre reserva) que ahora vuelvo.
Pero, claro, soy un socio de segunda, y eso que a mí nadie me paga la Waffen-SS. Un ciudadano de segunda para prácticamente todo. Un, no sé, ¿un siervo del tercer estado? Tengo más ingresos que la mitad de la gente que conozco bajo nómina (también menos de la mitad de los ingresos de la otra mitad con nómina), pero tío, qué fácil tienen ellos comprarse una tele a 12 meses. Eso sí, el placer de ir al banco, decirle a la banquera dámelo en billetes de 10 y de 5 -y qué se joda, porque en el banco soy ciudadano de tercera, más aún que en las tiendas-, mezclarlos todos y plantarte en el puto edificio con un gurruño de billetes minuciosamente arrugados uno a uno mientras se cagan en ti, contando y contando.
Y, claro, uno espera el más mínimo comentario para soltar, con sinceridad humilde: "es que (jódete), como no me financiais, prefiero pagar en metálico. Además, como soy autónomo (jódete), no sé, a lo mejor tenía problemas con la tarjeta. Por eso he ido a sacarlo (jódete). No te importa, ¿no? Yo no tengo prisa (jódete)."
¿Que son políticas de empresa y las señoritas no tienen la culpa? Ya, y entre las balas que matan y los generales que ordenan sólo hay obediencia debida, que sí. No es la política de empresa, es la mirada. La mirada de "uyuyuy" y el tono condescendiente no vienen en el contrato.
El viernes tendré en casa una Samsung del copón bendito. Dicen que sirve para ver la tele. Me da igual, yo la quiero para alimentar a mi X360 -la X que más quiero- y a mis ordenadores. Tiene más definición que mi monitor, joder, y culo de anoréxica, en comparación con éste. Luego, recordé una cosa que me faltaba. Así que volví a los cinco minutos, a la misma mesa, a pagar con la tarjeta y su 5% de descuento de los miércoles (antes había usado el de socio nuevo), un cable VGA-VGA para tal efecto. Con el descuento, 11,60 euros. Los artículos por debajo de cierto precio, no se financian.
PD: El viernes, además, la desfloración tendrá como nombre Gears of War (qué bonito el anuncio, ¿eh?). Lleno de soldados que huelen a cordita y aceite lubricante. Quién quiere mujeres teniendo mazas con fusiles más grandes que mi cuarto. El prota se llama Marcus.
Marcus Phoenix. La edición de coleccionista que desecharon incluía vales para saunas, no digo más.
Televisor nuevo. Teléfono nuevo. Videoconsolas de regreso. Cajas de condones por estrenar. Discos que no he escuchado. Días por venir. Horas que no conozco. Ignorancias sin ilusión. Desayunos que no llegan.
Charcos clásicos en el suelo. Un par de odios. Certezas antisociales. Violencia física. Depresión con forma de bufanda, adherida al cuello como la nicotina a mi tráquea.
Engañar a todos. Por una vez, engañar a todos, pero no a mí mismo. Eso de la maldad, qué es. A qué sabe. Qué tal me sentará.
Cuántas víctimas dejaré por el camino para labrar. Cuántas víctimas para que el campo germine. Cuántas víctimas para que llegue la primavera.
Sabiendo que todo es acto de cariño, o cucaracheo evolutivo superviviente.